viernes, 1 de abril de 2011

De los textos del alcohol (Fragmentos"

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“Cuatro lunas en tu insomnio
¿en qué país crees que vives?
Abismado en noches sangrientas:
¿Cómo resolver este amanecer?
Pregúntale a los cupidos de la muerte
Que nos han dejado huérfanos.”

“Nos miramos las manos y son plateadas”
Como un moderno San Sebastián asaeteado por sus propias dudas, José Cruz Camargo desgrana un canto inmune a la vulgaridad de “lo real”. El beatnik tardío es aquel que convoca la iluminación tras la fachada de lo evidente. El que enciende la magia en una esquina como enciende un cigarro, y hace Su Altar en ese sitio, una encrucijada mordida por vientos feroces donde la poesía espera a los que saben oírla, más allá de la grisura de lo cotidiano, ese mismo espacio donde quizá mas tarde se desangrará un muchacho o se venderá por hambre una virgen. Cruz lo sabe, y hasta en su propio nombre carga la encrucijada y una suerte de amarga ternura. Es el hombre de la calle, el que con un brazo rasca la cuerdas y con la otra le habla al oído a su propia muerte.

“Sueño que en las bolsas cargo un puñado más de tiempo
y que no me voy a ir
que mi muerte es de juguete
la única mentira que Dios no me perdona
pero despierto, y ahí está  la medicina
aguja incrédula de la desmemoria.
Y te recuerdo cercana, como eres,
inventándote la angustia de los que nunca amarán.”


“Nuestro pecado crecerá más que la hierba”
Así como José Alfredo condensa El Eclesiastés y Vallejo entre muchos ecos, el canto de  Cruz es una corriente crecida donde nadan muertos y vivos poetas de todos los tiempos,  (McCartney y Octavio Paz, Ginsberg y Gorostiza) ahogados en sus propias palabras. Ese Río podría ser El Lenguaje. O El Tiempo. Ese Médico Asesino. Como Bonifaz Nuño, como Jaime Reyes, la voz que llora tras la armónica es la del cronista que enuncia la caída, el memorioso contable de la soledad y el vértigo, en esa espera donde al final encontraremos la absolución o la desolación, “mientras afina la noche su motor amargo.”

“Pinche dolor
quema tu cigarro
no lo apagues en mi vida”

Como Efraín Huerta, Cruz ha entendido a La Ciudad como una Maquinaria de Demolición de Las Almas, pero también como un Nido Espiritual donde el hombre se reinventa al nombrarse, donde las cicatrices se suceden como las preguntas, los terremotos y los amores.
Desmarcado de los simbolistas en la economía de sus palabras, la escritura es esa incansable búsqueda del mismo que persiguió sus huellas por el sur profundo de Norteamérica, o el que convertido en gambusino decantó las  palabras como quien criba piedras en el corazón del desierto. La voz de Cruz  crece y se fuga desde El llano en llamas hasta la Mal Urbe, desde El Quemado hasta Chicago. Si al fin y al cabo la lengua es un músculo táctil y los aceites del alcohol y la noche nos empujan hacia la misma quietud, hacia el mismo vértigo.
Ando, aúllo: luego existo.


“Tristeza en el labio que besas
un polvo tenue amorata mi boca
en el tejado de un sueño
los gatos lamen solazados la barriga de la luna
los lobos van de cacería
se escurren entre las viejas catedrales de la ciudad
tonos tristes componen la noche del azul al negro
se van los pájaros
las mujeres los siguen con los ojos
y de cada lagrimal brota una palabra muda
una tristeza alada.”




... De los textos del alcohol
José Cruz Camargo.
Señales, proyectos de comunicación y cultura. 2004. 127 p.


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