Anaïs era una niña como cualquier otra, usaba vestidos largos y moños en su cabello. Le gustaban las muñecas, los helados, dar brincos entre los charcos de lluvia a escondidas de su madre, pero más que nada Anaïs amaba los cuentos de hadas.
Cada noche antes de cerrar los ojos, hacia volar su imaginación hasta un reino lejano, donde se encontraba el príncipe azul que la rescataría de las brujas malvadas, de los dragones, espinas, manzanas envenenadas, lobos y demás monstruosidades que atentaban contra el amor eterno y la felicidad.
Así creció Anaïs, viviendo de historias falsas y ajenas…
Una tarde nublada, al salir de la escuela por descuido se le cayeron los libros sobre el pavimento mojado, un joven de lentes y suéter a cuadros acudió a su ayuda, si, era el príncipe.
Desde ese día la dulce Anaïs comenzó su historia de amor, globos, cartas, poemas, cine y ferias fueron algunos de los escenarios de su historia rosa, el príncipe era cada vez más encantador, y una noche cualquiera en la parte trasera del “carruaje japonés” de su amado, decidió entregarse a él.
Anaïs no sabía que a él se le entregaban muchas, ni que el príncipe no compartía el gusto por las historias eternas. Así que pocos días después del importante evento, el galante caballero la dejo hecha un mar de llanto en el parque de la colonia.
Nauseas, cansancio, depresión y una prominente barriga, Anaïs estaba embarazada y del príncipe nada se sabía.
Intervinieron los padres, los hermanos, las familias escandalizadas de un lado a otro, pero ella, ella solo podía pensar que aquello era irreal, las princesas no sufrían…
No hubo vestido blanco, ni flores, ni peinados magistrales. Un pantalón con elástico en el vientre, un blusón floreado y un juez en el registro civil. El príncipe ya no la veía, apenas le dirigía la palabra.