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viernes, 13 de enero de 2012

Parabola


Junto a la ventana de mi casa hay una banca de metal adornada por jazmines, en ella se sienta cualquier persona, desde la anciana cansada de cargar su mandado, el borrachín nocturno, la madre con sus dos chamacos que están batiendo el uniforme con sus respectivas congeladas y por supuesto muchas parejas. Caída la tarde llegan de dos en dos,  hasta pasada la media noche, a excepción de los fines de semana, donde se pueden escuchar sus besos hasta la cocina, literalmente.

Ayer me encontraba de un ánimo un poco sombrío, quizá un poco débil, ¿nunca faltan los problemas cierto? Pero al atardecer intente escribir un poco en un proyecto que tengo pendiente cuando sin querer escuche la conversación de una pareja que se encontraba en la banca.

Ella melosa- me imaginaba su mirada brillante y tierna al escucharla-
El- recatado y seguro, con palabras firmes le dijo:

“Ahora solo necesitas bajar de peso para que yo pueda justificar porque estoy contigo”

Un balde de agua fría. Silencio.
Más silencio. Unos gemiditos, quizá llanto.
La chica había enmudecido. Con toda la razón, digo, ahora ella tendría que pedirle a ese imbécil que dejara de serlo para poder justificarse andar con él.

Me aguante las ganas de salir y partirle la madre, nadie dijo nada más, se escucharon unos pasos y la tarde volvió a su tranquilidad habitual.

La sangre me ardía, si, me proyecte, lo admito. Y sin yo quererlo, y sin poder controlarlo los recuerdos se juntaron en mi cabeza caliente.

domingo, 6 de febrero de 2011

“La mujer de los tacones negros”

http://us.123rf.com/400wm/400/400/spacerobot/spacerobot0606/spacerobot060600011/443646-una-mujer-en-las-piernas-calado-medias-y-tacones-altos-acostado-en-un-sof-de-cuero-negro.jpg


Debo ser honesta, durante mucho tiempo quise ser como ella. Sus ojos tras las gafas se habían acabado literalmente por leer centenares de libros. Hablaba de ética con la misma pasión que un campesino hablaba de la burocracia de Díaz en aquellos años. Por ella conocí a Girondo y a Kerouac. Siempre usaba altos tacones negros y medias de red. Sus cabellos se resistían a portar las canas propias de su edad y se mostraban de negro profundo a causa de los tintes. Esa mujer siempre olía bien.

Usaba palabras inexistentes en mi vocabulario para las pláticas más triviales  (pero dignas del Real Academia de la Lengua) mientras lucia algún traje de marca. 

Si, lo admito. Mi Ídolo era un hibrido de Coco Chanel y la Marie Curie de la filosofía.

 Me  a-te-rra-ba  no llegar a ser ella. No leer lo que leía ella, no saber lo que sabía ella. Admiraba esa aura de arrogancia y seguridad que esparcía en los pasillos. La forma despectiva en la que trataba a todos los que ella consideraba inferiores o simplemente pendejos, incluida yo por supuesto.

Y así paso el tiempo, mucho tiempo. Mi frustración fue en aumento cada día. ¿Cómo podía yo competir con tal perfección? Porque si, de eso se trataba, de una vil competencia. Sacrifique años enteros de mi vida refugiada en aquellos libros, deje el “vivir” por el “saber leer”. Hice a un lado la magia de la experiencia por la monotonía de la teoría.