Junto a la ventana de mi casa hay una banca de metal
adornada por jazmines, en ella se sienta cualquier persona, desde la anciana
cansada de cargar su mandado, el borrachín nocturno, la madre con sus dos
chamacos que están batiendo el uniforme con sus respectivas congeladas y por
supuesto muchas parejas. Caída la tarde llegan de dos en dos, hasta pasada la media noche, a excepción de
los fines de semana, donde se pueden escuchar sus besos hasta la cocina,
literalmente.
Ayer me encontraba de un ánimo un poco sombrío, quizá un
poco débil, ¿nunca faltan los problemas cierto? Pero al atardecer intente
escribir un poco en un proyecto que tengo pendiente cuando sin querer escuche
la conversación de una pareja que se encontraba en la banca.
Ella melosa- me imaginaba su mirada brillante y tierna al
escucharla-
El- recatado y seguro, con palabras firmes le dijo:
“Ahora solo necesitas
bajar de peso para que yo pueda justificar porque estoy contigo”
Un balde de agua fría. Silencio.
Más silencio. Unos gemiditos, quizá llanto.
La chica había enmudecido. Con toda la razón, digo, ahora
ella tendría que pedirle a ese imbécil que dejara de serlo para poder
justificarse andar con él.
Me aguante las ganas de salir y partirle la madre, nadie
dijo nada más, se escucharon unos pasos y la tarde volvió a su tranquilidad
habitual.
La sangre me ardía, si, me proyecte, lo admito. Y sin yo
quererlo, y sin poder controlarlo los recuerdos se juntaron en mi cabeza
caliente.

