…Las tinieblas no son el mal, las tinieblas son la noche. Las tinieblas son todo. Las tinieblas son las tinieblas. El asunto está en que no me arrepiento de nada. Estas son- mis propias tinieblas.
¡Oh! Querido dogo gris de mi infancia- ¡Myshaty! Tú no me hiciste ningún mal. Si tú, según la Sagrada Escritura, eres el “padre” de la mentira, a mí me enseñaste la verdad de la existencia y la rectitud de la espalda. Esa línea recta de la inflexibilidad que vive en mi columna vertebral es la línea viva de tu porte de dogo- de mujer del pueblo- de faraón.
Tú enriqueciste mi infancia con todo el secreto, con toda la prueba de fidelidad y, más aún, con todo ese mundo, ya que sin ti yo no habría sabido que existe.
A ti debo mi orgullo inaudito, que me ha llevado por encima de la vida más alto aún de lo que tú me llevaste sobre el río: le divin orgueil- con su hacer y su decir.
A ti, además de tantas cosas, también debo el arrojo con que me acerco a los perros (¡Sí, sí, a los más sanguinarios dogos!) y a la gente, ya que después de ti, ¿de qué perros o personas podría tener miedo?
A ti debo (Así comienza Marco Aurelio su libro) mi primera conciencia de pertenecer a los grandes y a los elegidos, ya que a otras niñas de nuestra casa tú no las visitabas.
A ti debo mi primer crimen: un secreto en mi primera confesión, después de lo cual- toda ha sido transgredido.